07 Era Digital

21.04.2015

Las nuevas tecnologías, la economía colaborativa y la regulación

Albert Banal

La generalización del acceso a Internet a través del dispositivo móvil ha hecho aparecer un gran número de “plataformas de economía colaborativa”. Airbnb, que permite alquilar habitaciones particulares para estancias de corta duración, o Uber, que permite responder a demandas de transporte con coches particulares, son sólo algunos ejemplos. En los últimos años han proliferado todo tipo de plataformas que permiten alquilar o vender, de particular a particular, todo tipo de bienes y de servicios, desde alquilar herramientas o vestidos de boda hasta pasear perros.

La economía colaborativa, a través de la tecnología de la información, permite hacer un uso más productivo de recursos subutilizados: hay millones de personas con habitaciones libres y millones de coches y conductores parados. Al mismo tiempo, permite introducir nuevas opciones para el consumidor, y así incrementar la competencia. Los pisos de Airbnb han ampliado la oferta de alojamiento en muchas ciudades, a menudo a precios más asequibles que la mayoría de hoteles. Los coches de Uber, por su parte, hacen que muchas ciudades dispongan hoy en día de un servicio de taxi más amplio, tanto en horas punta como por las noches, en más zonas, con coches más limpios y confortables, y a precios más competitivos. Todo eso ha hecho que la economía colaborativa se haya ganado la confianza de millones de consumidores en todo el mundo, y de paso, de muchos inversores.

La plataforma de economía colaborativa es una de esas innovaciones disruptivas que cambia radicalmente áreas de negocio. La irrupción de Uber y Airbnb ha puesto en pie de guerra a taxistas y hoteleros en todo el mundo. Los taxistas, un colectivo con gran capacidad de disrupción, han conseguido incluso que un juez cerrara el servicio de Uber en nuestro país. Argumentan que la competencia de los coches de Uber es desleal porque no pagan impuestos ni disponen de licencia. Evidentemente, el Gobierno y la Agencia Tributaria deben asegurarse de que tanto estas plataformas como los que prestan servicios paguen los impuestos correspondientes.

Pero la gran pregunta es si debe regularse la entrada y el precio en mercados potencialmente tan competitivos como el del alojamiento o el del servicio de taxi. Los principales argumentos son, en mi opinión, la protección del consumidor y el control de la calidad, teniendo en cuenta la falta de información del consumidor (lo que los economistas llamamos información asimétrica).

¿Se puede proteger al público sin tener que regular la entrada? Podríamos tomar el ejemplo del sector aéreo que, a pesar de estar históricamente altamente regulado, se abrió a la competencia a principios de los años ochenta. El Gobierno, a pesar de seguir manteniendo los controles de la seguridad, dejó de controlar la entrada y los precios en las rutas aéreas. Gracias a ello hoy en día disfrutamos de un servicio igualmente seguro, mucho más amplio y a unos precios mucho más bajos. Ahora son el mercado, y las opiniones y decisiones de los consumidores, los que regulan la oferta y hacen que las compañías aéreas tengan incentivos por ofrecer un buen servicio a un precio bajo. Del mismo modo, el Gobierno debería controlar a los conductores y vehículos que den servicio a través de Uber, obligándolos a pasar revisiones y controles técnicos. De la misma manera se debería controlar la oferta de alojamiento particular.

¿Y en cuanto al control de la calidad? Las mismas plataformas tecnológicas ofrecen el control de calidad más eficaz: las opiniones de los propios usuarios. La reputación, crucial para los coches de Uber, y curiosamente insignificante para los taxistas y las compañías de taxis oficiales, es la mejor manera de incentivar un servicio rápido, eficaz y agradable. Del mismo modo las opiniones de los propios viajeros, tanto sobre el alojamiento de Airbnb como de los hoteles, dan incentivos a ofrecer la mejor calidad, al mejor precio y con el mejor servicio. En el caso del taxi, además, otra innovación reciente, el GPS, ha eliminado total o parcialmente la necesidad de conocer todas las calles de la ciudad, lo que hace que el servicio sea más fácil y barato, y por lo tanto que el mercado sea más competitivo.
La economía colaborativa, con el apoyo de las nuevas tecnologías, es una de esas innovaciones disruptivas que cambia radicalmente áreas de negocio. Desgraciadamente, estos cambios, a pesar de ser beneficiosos para la mayoría de nosotros, dejan algunas víctimas. Los taxistas oficiales, en muchos casos autónomos, han pagado mucho dinero por las licencias. Pero además, en este caso, las nuevas tecnologías y la economía colaborativa han puesto también en evidencia la existencia de sectores injustamente regulados. Hay que aprovechar estas oportunidades para dar paso a la competencia y, a diferencia del sector aéreo, debe hacerse rápidamente. Como dicen los anales de la competencia, hay que proteger a la competencia y no a los competidores.

Albert Banal

Albert Banal

Director del Master of Science in Corporate Finance and Banking, UPF Barcelona School of Management

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